«Los primeros diez años de mi vida los he pasado
con hambre, miedos y angustias. A mi pobre abuelo [el actor César Muro], me
recuerdo que le decían: “Tú eres un rojo de mierda. A ti no te vamos a dar
trabajo.” Yo oía como le decían eso veces y más veces. La represión era
tremenda.»
(María Urdiaín Muro, conocida
artísticamente como María ASQUERINO; (Madrid, 25 de noviembre de 1926 -
27 de febrero de 2013. Memorias, 1987.)
El ayer
golpea, a veces, nuestra memoria con angustias como golpes, y es bueno
reconocerlo... Y verbalizarlo.

Como
hacía siempre, con mayor o menor fortuna, María Asquerino, actriz de larga
estirpe que ayer hizo su mutis definitivo por el foro del gran escenario del mundo, tras una vida pródiga en la abierta
defensa de sus verdades y en la
voluntad colosal del trabajo
interpretativo bien hecho más allá de la grandeza o insignificancia de lo
representado. Se quejaba ella de que,
reconocida como una de las más grandes sobre las tablas, no había tenido, sin
embargo, suerte en la gran pantalla... ¿Cómo podía pensar tal cosa quien
comenzó siendo la veinteañera Pili de Surcos (1951) para José Antonio
Nieves Conde, quien fuera la
Encarnación, madre de la sensualmente bipolar Conchita, de Ese
oscuro objeto del deseo (1977), la última película de Luís Buñuel, o quien
diese vida a la Florentina
de Mambrú
se fue a la guerra (1986), para Fernando Fernán Gómez?... Y, aunque la
libertad le llegase tarde, ya madura, todavía tuvo tiempo de ser musa de todas las nostalgias eróticas,
de ganar un Goya como Mejor Actriz de
Reparto encarnando la Marcela de El
mar y el tiempo (1989) para Fernando Fernán Gómez, de contribuir al
nuevo cine español con su Esperanza de Nadie hablará de nosotras cuando hayamos
muerto (1995), para Agustín Díaz Yanes, o su Encarna de La Comunidad
(2000), para Álex de la Iglesia... Y
de despedirse de su trabajo con toda dignidad en la presentación de ese
aldabonazo de la comedia autonómica
española que fue Pagafantas (Borja Cobeaga, 2009) donde
aparecía como la Señora
Begoña.

Jalones
e hitos que, para cualquiera, justificarían una vida... Pero el talento es
siempre autoexigente y el apasionado talento de María Asquerino quería más... Todo
un ejemplo de insumisión ante un estado de cosas que, bajo un aparente bienestar, escondía (esconde) multitud de trampas que impiden que se pueda desarrollar lo mejor de
cada cual. María Asquerino lo sabía y lo combatió siempre. Sepámoslo también
nosotros en este mundo que nos ha
tocado vivir, aplastados bajo alienaciones
multiformes y oprobios globalizados...
¡Y actuemos en consecuencia!.
Nacho Fernández del Castro, 28 de Febrero de 2013